QUERIDA ESCARPADA BESTIA QUE ME HABITAS. Te naces en mí como un alma.

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Escondí mi obsesión en el vacío del mundo, justo en su epicentro, en la misma antesala del bullicio mental. Ahí no huele a nada, sólo se cree oler levemente. Es el espacio más tibio. Es indecible dónde acaba uno y empieza lo demás. Las formas sólo consiguen distinguirse a oscuras y cuando se atiende, casi se alcanza a escuchar. Esa interferencia, el sonido blanco. Gobierna una incesante sensación inefable, una duda indiferente. Ahí, mi crimen y yo somos indistinguibles, y yo me retuerzo inabarcable.

Las revoluciones han menguado. En ese lugar, el lugar de mi persona, donde se dan estas horas imposibles, encontré una fuente de la que brota mi nulidad. Arrastré hasta ella un cuerpo herido, convaleciente. Quise darle la muerte, golpear de gracia ese cuerpo, suave y definitivamente. En el trayecto hice a mi víctima cruzar la vida, atravesarla de lado a lado, de forma ciega, dejando restos de recuerdo de un sueño recién olvidado. La hice partícipe del dolor y en mis ojos había la enfermedad del gozo. Le metí la cabeza en un miedo sin nombre y en ese cuerpo hice nacer una muerte. Sucedió de una forma natural, una transición insignificante, orgánica como la carne, como la flor. Así me fue pedido, suplicado por los ojos vigilando en los en rincones. Así fue aclamado y celebrado mediante susurros.

En ese lugar, donde el espacio pesa como un sopor grueso, cavé un abismo. Un agujero abierto en el suelo de mi alma. Ahí arrojé el cadáver de un ser en descomposición. Ahí lo vi. En el centro de mí hay una muerte querida, la mía, y así me voy haciendo cada día. Como una niebla, me aplasto con todo el peso del pasado, el presente y el futuro. Echo de menos herirme si me demoro de más. Insoportable, como el fin de algo perfecto, como una idea, caigo hondo dentro de mí, sucesivamente sucedo. Alcanzo tan abajo, madriguera tan extrema, tan nocturna y eclipsada, que incluso la ayuda molesta. Y confieso ser humano, tanto y tan terriblemente que ya alcanzo a ser un dios. Yo, que ya tengo todos los diálogos, sigo volviendo a la realidad como a la repetición. E incluso mis hijos morirán, pero en el detalle del entramado hay una cuna de la belleza, cuya experiencia está ligada tan estrechamente al pánico.

Mi poder es sufrimiento y precisamente porque da miedo, me resulta más gracioso. Pero mi sonrisa no esconde los crímenes de la humanidad, los representa, los enarbola y hace bandera. Y si mi ego se levanta, si lo hace, todo un mundo perecerá desmenuzado en mi graznido.


Escrito por Xavier Arqué
Fotografía titulada «L’univers a la mà«
por Oskar Masalles 

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© KALDO DE KULTIVO

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